miércoles, 8 de mayo de 2013

Una historia que nos recuerda la importancia de la palabra, de la literatura, en plena crisis.


Eduardo Campech Miranda

Hace aproximadamente veinte años viví la siguiente experiencia: acudí a visitar a un amigo en su casa. Después de conversar algún tiempo, decidimos ir al centro de la ciudad. De tal manera que no s dirigimos a la avenida donde circula (aún circula) el camión que no llevaría a nuestro destino. El primero en abordar el transporte fui yo, después mi amigo. Cuando me disponía a sentarme, mi amigo gritó desde la parte delantera del vehículo, justo a un lado del conductor: -¿No pagaste? Me volví y le respondí: -No, paga tú. “Sólo traigo lo de mi pasaje”, terminó y se fue a sentar. Apenado, le solicité al conductor si podría llevarme gratuitamente.

Si en ese momento hubiera conocido El viaje del cordero, la cabra y el perro, le habría contando la historia como moneda de cambio. Empezaría por contarle de lo maravilloso que resulta el ejercicio de la tradición oral, de cómo ésta conforma la identidad, de los privilegios de que la palabra escrita que trasciende tiempo y espacio. Haría un paréntesis para confesarle que entre los amigos, no nos decíamos wey, como lo hacen ahora, si no “perro”, sin saber que éramos cordero y cabra.

La cuarta de forros nos pone al tanto del origen y las versiones de esta historia: la que contaban los niños refugiados ruandeses antes de dormir; la de Viridienne, la maestra, y Luis Estepa Pinilla en francés; la de José Manuel Pedrosa, publicada en su libro La autoestopista fantasma y otras leyendas urbanas españolas.

De ésta última es de la que José Manuel Mateo nos presenta esta versión. Pero hay una más, la de Andrés Mario Ramírez Cuevas, quien ilustra esta edición.

Andrés Mario enriquece la historia con unos personajes que, en función de sus trazos, pueden llegar a ser entrañables: los rostros son tiernos, suaves, amigables (a excepción de la del perro, después de bajar el camión); con objetos y espacios cotidianos, de fácil identificación para los pequeños: cascaritas futboleras, equipajes, trayectos, medios de transporte, camión, ciudades, personas. Policromía que enmarca la versión rimada de Mateo.

Pero hay más. Hay algo que como lectores y como mediadores (categoría que incluye a los padres y madres de familia) no debemos olvidar. Así como hay una literatura que establece y fortalece estereotipos; hay otra que los rompe. Esta historia es de esas. Una historia que surge de las tinieblas de la guerra, la orfandad y el desamparo. Una historia que nos muestra la creatividad, la imaginación, la esperanza en medio de la desgracia. Una historia que nos recuerda la importancia de la palabra, de la literatura, en plena crisis.

Si la palabra destruye, también crea; si hiere, también acaricia; si maldice, también bendice; si olvida, también recuerda; y en ocasiones como esta, cuando está bien arropada por imágenes, devela el maravilloso mundo de la lectura.

El viaje del cordero, la cabra y el perro, un libro para leerlo muchas veces, y un pretexto para preguntarnos, y explicarnos, el por qué de las cosas.

Mateo, José Manuel y Andrés Mario Ramírez Cuevas (ilustraciones): El viaje del cordero, la cabra y el perro, México, conaculta, 2012, 46 p. (Libros para Soñar)

Texto leído durante la presentación de la obra en la ciudad de Zacatecas el miércoles 27 de marzo de 2013 y publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas el 1 de abril de 2013.

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